Es común hablar de la rutina con cierto desdén, como si fuera el sinónimo perfecto de aburrimiento o resignación. Sin embargo, tener una estructura diaria tiene su lado positivo: da orden y ofrece un suelo firme sobre el cual avanzar paso a paso. Sí, la rutina puede dar calma y estabilidad.
Pero no siempre funciona así ni se siente igual todo el tiempo. Hay semanas en las que la repetición pesa; días en los que los planes se desmoronan a mediodía, y momentos en los que el cansancio simplemente no se puede disimular ni ahogar en café. Por eso, pretender que cada semana sea armónica, productiva e inspiradora es irreal y agotador.
Hay días buenos, días malos así como, días “más o menos”. Pero también existen el arte, las películas, la literatura, la gente, incluso algo de las redes sociales. Hay muchos medios para descubrir ideas y reflexiones que nos permitan recordar lo que es importante, y esto no tiene por qué ser un optimismo superficial o una exigencia para estar motivados todo el tiempo.
Leer un artículo interesante o simplemente platicar con alguien puede funcionar como un punto de apoyo para transitar el día lo mejor que se pueda, así como las ideas de filósofos o escritores que observaron y pensaron las fragilidades y maravillas humanas.

Comenzar con calma
Los inicios son difíciles, ya sea el inicio de la semana, el de la jornada o el de ese pendiente que llevas tiempo evitando. Al despertar, o incluso desde un día antes, la mente presenta todos los planes acumulados, agobiando demasiado pronto. Este momento puede ser una oportunidad para recordar a Marco Aurelio, el filósofo-emperador que le dio tanta forma al estoicismo y quien escribió en sus Meditaciones:
Las cosas no tocan el alma; se hallan fuera, inmóviles, y nuestras turbaciones nacen exclusivamente del juicio interior.
Una interpretación podría ser que el comienzo de cualquier actividad no tiene por qué traducirse en tan fuerte angustia. Las obligaciones y los pendientes están, pero su peso se lo damos nosotros. La primera victoria de cualquier semana podría ser respirar profundamente e ir poco a poco con las misiones que construirán el día: levantarse, bañarse, desayunar, cuidarse durante el trayecto, llegar con bien. Las circunstancias externas tienen poder porque nosotros siempre se lo damos.
Después, cuando los días siguen pasando y la prisa busque imponerse, podemos ir a los Ensayos de Michel de Montaigne:
Nuestra gran y gloriosa obra maestra es vivir adecuadamente. Todas las demás cosas —reinar, atesorar, edificar— son a lo sumo pequeños apéndices y adminículos.
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¿Qué quiere decir Montaigne? Tal vez que cumplir metas profesionales y académicas es valioso, pero si en el camino olvidamos el respeto y no cuidamos de los demás ni de nosotros mismos, el sentido del esfuerzo se desdibuja.

Reconocer qué es esencial
Hay momentos en los que parece que el tiempo no es suficiente, que no hemos avanzado en nada de lo necesario y que nos va a alcanzar otra semana con las mismas preocupaciones. En este escenario, Séneca, en De la brevedad de la vida, plantea:
No tenemos poco tiempo, sino que desperdiciamos mucho. La vida es lo bastante larga y se nos ha dado con generosidad para la realización de las mayores cosas si se emplea bien toda ella.
Séneca descubre una verdad para quien lo lee: el tiempo no es poco como tal, más bien lo dejamos perderse entre distracciones, urgencias o discusiones que realmente era muy sencillo solucionar. ¿Estamos viviendo de verdad? ¿Estamos atendiendo lo que es importante o nos dejamos llevar por lo que es importante para otros?
Paralelo a esto, el matemático y filósofo Bertrand Russell ofrece, en La conquista de la felicidad, una idea que, sobre todo para esta época, resulta irónica pero reveladora:
Uno de los síntomas de una inminente crisis nerviosa es la creencia de que el trabajo de uno es tremendamente importante y que tomarse unas vacaciones acarrearía toda clase de desastres.
Restarle seriedad al trabajo no significa descuidarlo: significa dejarlo donde pertenece, reconocer que el mundo seguirá girando aun cuando un proyecto se reprograme o una entrega no alcance la perfección. Con esta perspectiva en mente, la claridad vuelve y los problemas pueden abordarse y resolverse.

Generosidad y resiliencia cotidiana
Ningún desarrollo personal nace del aislamiento. Conforme avanzan los días, el cansancio se acumula a la par de las promesas de reunirse y convivir, ya sea con amigos o familia. Simone Weil, en A la espera de Dios, aborda el tema de la atención:
La atención plenamente pura y desinteresada es una forma de generosidad; muy pocas inteligencias son capaces de mirar a otro ser humano sin proyectar sobre él sus propios deseos.
En un entorno como el actual, regalar escucha es un acto transformador cuando no tenemos el afán de corregir o de imponer nuestro criterio. Esto, además de evitar discusiones ociosas, promueve espacios donde la colaboración y la empatía son posibles.
Sin embargo, no podemos pensar que toda disputa es eludible. Los desacuerdos existen porque cada cabeza es un mundo, ante eso no hay mucho que hacer. Viktor Frankl, en El hombre en busca de sentido, un pilar de la Psicología Humanista, menciona:
Al hombre se le puede arrebatar todo salvo una cosa […] la elección de la actitud personal ante un conjunto de circunstancias, para decidir su propio camino.
La resiliencia no promete que las circunstancias difíciles desaparecerán nada más por pensar en positivo o “decretar” algo mejor. Lo que Frankl afirma es que siempre podemos salir adelante, incluso ante una gran adversidad; aunque quizá no mañana, quizá no tan pronto, lo importante es tomar fuerza para sanar y decidir que el dolor o el enojo puede ser aprendizaje.
Tiempo propio, contemplación y pausa
El aprendizaje, los proyectos y el propio camino personal no son compatibles con la inmediatez que nos enseñaron los algoritmos. Todo es un proceso. En este sentido, la filósofa María Zambrano nos invita, en Hacia un saber sobre el alma, a reconciliarnos con la temporalidad:
La paciencia es la sustancia del tiempo; no es pasividad sino la maduración silenciosa.
Y en la paciencia también puede encontrarse el descanso. En su ensayo El aroma del tiempo, el filósofo Byung-Chul Han señala que:
A la civilización actual le falta sobre todo vida contemplativa. Por eso desarrolla una hiperactividad, que le quita a la vida la capacidad de demorarse y recrearse. Ya no es posible experimentar un tiempo pleno.
El reposo no necesita justificación, al menos no en cada caso. Desconectarse del celular, contemplar una obra de arte, conversar sin prisa o disfrutar el silencio son derechos, actos indispensables para recuperarnos, porque estamos vivos y claro que nos cansamos.

Conclusión
Dentro de la rutina, aun teniéndolo todo resuelto (en apariencia), hay días en los que la semana pesa. Cuesta levantarse de la cama, el trabajo satura y la mente se desgasta. Además, existe el vacío de las redes sociales: en segundos, en la misma pantalla, desfilan imágenes de guerras, luego un tutorial, una receta de cocina o la vida editada de alguien que probablemente no conocerás nunca. El dolor lejano se mezcla con el consumo y el entretenimiento, y cada vez se nutre más una insensibilidad que, desafortunadamente, nos hace perder de vista lo extraordinario que es cada día.
Vivimos y nos quejamos como si la estabilidad estuviera garantizada, cuando en realidad la existencia entera puede alterarse de la nada. No hace falta una crisis global, como una pandemia, para que la vida se rompa: basta un accidente, una pérdida, una noticia para derrumbar lo que creíamos seguro y recordarnos que controlamos mucho menos de lo que pensamos.
Tal vez por eso una reflexión verdaderamente positiva es que estar vivos, aquí y ahora, es el milagro. Y no, no se trata de fingir que la rutina no desgasta, más bien hay que procurar que el cansancio no se vuelva la vida, no permitir que nos robe el asombro y la curiosidad. Como meditó Marco Aurelio:
Podrías dejar esta vida ahora mismo. Que eso determine lo que haces, dices y piensas.
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