Día Mundial para la Prevención del Suicidio: Del estigma a la conciencia

Cada 10 de septiembre, el Día Mundial para la Prevención del Suicidio suele traer consigo frases predecibles, algunas “positivas”, otras “empáticas”, o en el mejor de los casos, conversaciones –muy pocas– que normalmente son incómodas o difíciles

No obstante, las cifras siguen ahí. Aunque no se trate el tema, hay personas que constantemente enfrentan dolores profundos e indescriptibles que quizá, más que buscar solución, buscan expresarse, salir ante alguien que realmente quiera estar, no juzgar ni resolver.

¿Pero cómo hablar de lo que nadie quiere hablar?, porque en muchos casos la persona se siente invisible, precisamente porque nadie desea advertir sus emociones. 

Reducir el suicidio a una decisión “privada” que no se puede enfrentar también es una forma de negligencia, sobre todo institucional. El agotamiento que conduce a alguien a siquiera imaginar el fin de su vida no surge de la nada: tiene mucho que ver con las fracturas sociales, la precarización, los sistemas de salud desarticulados y una cultura que condena la vulnerabilidad o se desentiende de ella.

Suicidio: La historia del estigma

El estigma que rodea al suicidio tiene raíces antiguas.

En la Grecia clásica, el acto no era juzgado como una tragedia íntima, sino como una ofensa contra la polis. Para pensadores como Platón y Aristóteles, privarse de la vida equivalía a despojar a la comunidad de un ciudadano y de sus deberes cívicos; de hecho, en Ética a Nicómaco, Aristóteles señala que “el que se daña a sí mismo hace lo que la ley prohíbe, y por lo tanto, es injusto”.

Por otro lado, en 1652, el filósofo y teólogo Juan Caramuel, en su tratado Theologia moralis fundamentalis, acuñó el término suicidium sui (“de sí mismo”) y caedere (“matar”)— para diferenciarlo del homicidio. Poco a poco, el concepto se amplió y se convirtió en un objeto de estudio ético, legal y civil.

Siglos más tarde, las tradiciones religiosas transformaron la falta cívica en un reto contra lo divino, contra el plan de Dios para cada persona, y la condena apenas empezaba con la muerte: al difunto se le negaba sepultura en tierra sagrada, a las familias se les despojaba de su estatus y se confiscaban sus bienes. La vergüenza y el silencio eran castigos eternos.

Sin embargo, la época decimonónica cambió el enfoque: el alma en pena fue sustituida por un defecto biológico o una supuesta debilidad única e individual. Así, el imaginario colectivo comenzó a perpetuar un rasgo peligroso: que el sufrimiento psíquico, en todos los casos, es una anomalía interna, privada, lo que ha permitido que las estructuras comunitarias, económicas y de salud se hagan a un lado.

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Datos esenciales acerca del suicidio

El suicidio suele interpretarse como un colapso íntimo, pero las cifras confirman que, a su vez, se trata de una emergencia de salud pública que interpela directamente al Estado. A nivel global, la Organización Mundial de la Salud (OMS) registra más de 700 mil muertes anuales por esta causa, ubicándola como una de las principales razones de fallecimiento en personas de 15 a 29 años; el 73 por ciento de esta cifra sucede en países de ingresos bajos y medios.

Específicamente en México, de acuerdo con los datos de las Estadísticas de Defunciones Registradas (EDR) del Inegi, es clara la dimensión del problema: en 2025 se documentaron 8 mil 846 suicidios. Esta cifra, además, refleja una marcada brecha de género, pues el 79.97 por ciento correspondió a hombres (7 mil 74) frente a un 20.00 por ciento en mujeres (mil 769 casos).

Esta proporción puede interpretarse como una evidencia de que las expectativas sociales sobre la autosuficiencia masculina y el estigma hacia la vulnerabilidad pone en riesgo a los varones, como se ha estudiado desde la Psicología, en artículos como “La salud mental de los hombres importa”. 

En el Día Mundial para la Prevención del Suicidio, es importante informarse para quitarle el estigma que tanto tiempo ha cargado, pues termina siendo contraproducente para quienes han pensado en intentarlo.

Además, los datos del Inegi revelan que el 84.9 por ciento de los casos (7 mil 512) ocurrió por ahorcamiento, estrangulamiento o sofocación, mientras que el envenenamiento sumó 518 registros y las armas de fuego, 474. Al recurrir a medios de fácil acceso, el objetivo suele consumarse en el aislamiento del hogar, justo donde los apoyos comunitarios y la contención no llegaron a tiempo.

Aunado a esto, en la Ciudad de México, de acuerdo con los datos del C5, en lo que va del año se han atendido, a través del 911, 3 mil 391 reportes relacionados con el suicidio: mil 368 llamadas correspondieron a manifestaciones de ideación y 2 mil 23 a intentos en curso. El dato más relevante es el rango de edad: más del 35 por ciento de los reportes provino de personas de entre 21 y 30 años, seguido por adolescentes de 11 a 20 años. 

Estos registros demuestran que el suicidio no siempre ocurre de forma súbita o secreta: responde a un proceso en el que la persona manifiesta su sufrimiento y, muchas veces, busca ayuda. El problema es que se responde únicamente al borde de la emergencia. Ante esto, una política verdaderamente integral brindaría condiciones cotidianas de apoyo mucho antes de que la desesperanza escale a una tentativa.

Lecciones internacionales: Estados que se responsabilizan

La idea de que el suicidio es “inevitable” ya se ha desmentido. Los países que han logrado grandes descensos no lo hicieron mediante campañas publicitarias poco pensadas, sino asumiendo la responsabilidad y priorizando el problema.

Finlandia

A finales del siglo XX, presentaba una de las tasas de suicidio más alarmantes de Europa: en 1990, alcanzaron más de 30 muertes por cada 100 mil habitantes, lo que contrastaba con el promedio europeo de 10 por cada 100 mil. Su respuesta fue la ciencia y la observación: se investigó cada caso; se educó al personal (sanitario y no sanitario), y se limitó el acceso a armas de fuego y venenos, entre otras cosas. El resultado fue una reducción de más del 50 por ciento en décadas posteriores.

Japón

Tras llegar a puntos críticos en los 90 por crisis económicas y aislamiento, se aprobó la Ley Básica para la Prevención del Suicidio en 2006. Dejó de tratarse como un asunto privado para abordarse como un problema de bienestar social, procurando redes de apoyo laboral, combatiendo la soledad y atacando los factores socioeconómicos.

Ambos casos demuestran que los suicidios sí pueden disminuir, siempre y cuando el Estado deje de delegar la supervivencia exclusivamente a la fortaleza interna del individuo.

De acuerdo con expertos, las personas suicidas no quieren morir como tal, sino que no encuentran otra solución a su malestar.

Suicidio frente a muerte asistida

Equiparar el suicidio al derecho a una muerte digna es una imprecisión constante, y aunque ambas son tabú, tienen diferentes bases éticas y clínicas:

  • La muerte médicamente asistida responde al ejercicio autónomo e informado de una persona con una enfermedad irreversible que le causa un sufrimiento físico intolerable; esto, dentro de un marco clínico protocolizado y tras agotar sus opciones paliativas.
  • La crisis suicida, sin embargo, no busca la muerte, sino acabar con un dolor psíquico desbordante, como refiere la tanatóloga Gaby Pérez. Es como estar encerrado en un túnel de desesperanza. No es que no haya futuro en sí, sino que no hay apoyo para sobrellevar el presente.

Pero la situación puede ser más compleja. En Colombia, por ejemplo, Catalina Giraldo solicitó acceder al suicidio médicamente asistido por un sufrimiento psíquico crónico derivado de su salud mental, amparada en los fallos de la Corte Constitucional, que eliminaron el requisito de enfermedad terminal. Este caso puede provocar ciertos dilemas:

  • Autonomía frente a síntoma: Evaluar si el deseo de morir es una decisión pura o una manifestación de la propia condición clínica, que nubla el juicio.
  • La posible incurabilidad: A diferencia de una falla orgánica irreversible, en el ámbito tan subjetivo de la salud mental a veces es difícil determinar cuándo un malestar es intratable, pues cada vez surgen nuevos enfoques psicoterapéuticos y farmacológicos.
  • El riesgo del desamparo: Autorizar la muerte asistida nunca debe sustituir a un sistema de salud accesible. La prioridad del Estado debe ser garantizar una atención integral y oportuna.

Una cosa no cancela la otra: por supuesto que debe respetarse la autonomía de aquellos pacientes terminales, pero también debe cuidarse a las personas en crisis psicológica, asegurarles que su sufrimiento merece alternativas, tratamiento y acompañamiento.

Las personas que han tenido pensamientos suicidas merecen la misma atención que quienes lo han intentado o concretado.

Conclusión

Prevenir el suicidio no consiste en recordarle a alguien que “la vida sólo es una”, mucho menos decirle que “le eche ganas” o exigirle que se haga cargo de lo que siente en absoluta soledad. No se trata de intentar corregir a la persona, sino de escucharla.

Prevenir el suicidio implica hablarlo, no tenerle miedo a la palabra, reconocer que la desesperanza no nace en uno mismo, por uno mismo y ya: se alimenta del estigma, del aislamiento, de la falta de oportunidades y de un sistema público que suele llegar tarde o desentenderse.

Superar este silencio tan antiguo no es solamente por empatía: también puede ser justicia. Es posible construir una sociedad donde pedir auxilio no sea motivo de vergüenza y donde existan alternativas reales de atención que garanticen que nadie tenga que contemplar el final de su vida como la única salida frente al dolor y al desamparo.

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