¿Cómo enfrentar emocionalmente los fenómenos naturales? Miedo, ansiedad y resiliencia

Un terremoto, una inundación, un huracán o cualquier otro fenómeno natural puede ocurrir en cuestión de minutos. Y aunque la prioridad es cuidar de nuestra integridad física, es importante saber cómo enfrentar emocionalmente los fenómenos naturales.

Prestar atención a lo que sucede con nuestras emociones antes, durante y después de una emergencia, puede cambiar por completo nuestra sensación de seguridad.

Sentir miedo, angustia, incertidumbre o incluso dificultad para dormir después de vivir un fenómeno natural es una reacción humana. Nuestro cerebro intenta responder ante una situación que percibe como una amenaza y, aun cuando el peligro ha pasado, puede permanecer en estado de alerta.

Pero ¿cómo enfrentar emocionalmente los fenómenos naturales? La respuesta no consiste en aprender a no tener miedo, sino en reconocer nuestras emociones.

Comprender que cada persona puede reaccionar de manera diferente y que niños, niñas y adolescentes pueden necesitar un acompañamiento especial, también es clave.

En este artículo exploraremos qué ocurre con nuestra salud emocional ante los desastres naturales y qué es la ansiedad relacionada con el cambio climático. Además de cómo cuidar nuestro bienestar psicológico antes, durante y después de una emergencia.

¿Qué sucede emocionalmente durante un fenómeno natural?

Cuando ocurre un fenómeno natural, nuestro cuerpo y nuestra mente reaccionan rápidamente para ayudarnos a responder ante el peligro. El miedo es una de las emociones más comunes, pero no es la única. También podemos sentir confusión, angustia, enojo, tristeza o una fuerte necesidad de buscar a nuestros seres queridos.

Estas reacciones forman parte de la respuesta natural de nuestro organismo ante una situación que percibe como amenazante.

El cuerpo puede liberar hormonas como la adrenalina y aumentar el ritmo cardiaco para mantenernos atentos a cualquier señal de peligro. Por eso, durante un terremoto, por ejemplo, puede resultar difícil pensar con claridad o tomar decisiones con la misma tranquilidad que tendríamos en una situación cotidiana.

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Además, no todas las personas reaccionan de la misma manera. Algunas pueden actuar rápidamente, mientras que otras pueden quedarse paralizadas o necesitar unos momentos para comprender lo que está sucediendo. Ninguna de estas respuestas significa que una persona sea más fuerte o más débil que otra.

Cuando el peligro termina, pero el cuerpo sigue en alerta

Una vez que el fenómeno natural ha terminado, es posible que la sensación de peligro permanezca. El cuerpo necesita tiempo para recuperar la calma y procesar lo ocurrido. Por ello, durante las horas o días posteriores pueden aparecer nerviosismo, dificultad para dormir, sobresaltos, preocupación constante o temor ante la posibilidad de que vuelva a suceder.

De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud (OMS), aproximadamente una de cada cinco personas (22 por ciento) que han vivido un conflicto o un desastre natural durante los últimos diez años presenta depresión, ansiedad, trastorno de estrés postraumático, trastorno bipolar o esquizofrenia.

Esta cifra ayuda a dimensionar que las consecuencias de una emergencia no siempre terminan cuando deja de existir el peligro físico. La experiencia puede tener un impacto importante en la salud mental, especialmente cuando existen pérdidas, lesiones, desplazamiento, incertidumbre o una exposición prolongada a la situación.

Sin embargo, sentir miedo, tristeza o ansiedad después de un desastre no significa automáticamente que una persona tenga un trastorno de salud mental. Muchas de estas reacciones pueden formar parte del proceso normal de adaptación después de una experiencia difícil.

Parte fundamental de aprender a cómo enfrentar emocionalmente los fenómenos naturales es observar cómo evoluciona nuestro sentir con el paso del tiempo. Y buscar apoyo profesional cuando el miedo comience a interferir con la vida cotidiana.

¿Existe la ansiedad del cambio climático?

Hablar de fenómenos naturales también nos lleva a pensar en el cambio climático y en la manera en que sus consecuencias pueden afectar nuestro bienestar emocional.

Sequías, incendios forestales, inundaciones, olas de calor y otros eventos extremos pueden generar miedo, tristeza, incertidumbre o preocupación por lo que podría ocurrir en el futuro.

A este conjunto de emociones se le conoce comúnmente como ansiedad climática o ecoansiedad. La psicóloga estadounidense Susan Clayton, es una de las principales investigadoras sobre los efectos psicológicos del cambio climático. Y ha estudiado cómo la preocupación por la crisis ambiental puede influir en nuestras emociones, además de nuestra percepción de seguridad y nuestra relación con el entorno.

Sentir preocupación por el cambio climático no significa necesariamente tener un problema de salud mental. De hecho, experimentar cierta inquietud ante una amenaza que consideramos real puede llevarnos a informarnos, prepararnos y participar en acciones para cuidar nuestro entorno.

El problema puede aparecer cuando estas emociones se vuelven difíciles de manejar y comienzan a interferir con nuestra vida cotidiana. La preocupación constante por el futuro o la dificultad para dejar de pensar en posibles catástrofes pueden aumentar los niveles de ansiedad. Y por ende, afectar nuestro bienestar.

¿Ansiedad o preocupación?

Una parte importante de aprender cómo enfrentar emocionalmente los fenómenos naturales consiste en reconocer qué estamos sintiendo y entender que no todas las emociones tienen el mismo significado.

La preocupación puede ayudarnos a identificar un problema y pensar en posibles soluciones. Por ejemplo, conocer los riesgos de un terremoto puede motivarnos a preparar una mochila de emergencia, identificar zonas seguras o informarnos sobre las medidas de prevención.

La ansiedad, en cambio, puede sentirse como una amenaza constante. Podemos imaginar repetidamente escenarios negativos, sentir que no tenemos control sobre lo que sucederá o permanecer en alerta incluso cuando no existe un peligro inmediato.

Por eso, preocuparse por los fenómenos naturales o por las consecuencias del cambio climático no es necesariamente algo negativo. El reto está en evitar que esa preocupación se convierta en una fuente constante de miedo o termine interfiriendo con nuestras actividades cotidianas.

Estar informados y preparados puede ayudarnos a recuperar parte de la sensación de control.

Consultar fuentes confiables, limitar la exposición excesiva a noticias y redes sociales y concentrarnos en aquello que sí podemos hacer son algunas formas de cuidar nuestra salud emocional sin ignorar los riesgos que existen.

Mujer afrontando con estoicismo un fenómeno natural.

Estoicismo ante la adversidad del entorno

El estoicismo es una corriente filosófica que surgió en la antigua Grecia y que propone, entre otras ideas, aprender a distinguir entre aquello que está bajo nuestro control y aquello que no.

Para los estoicos, no siempre podemos decidir lo que ocurre a nuestro alrededor, pero sí podemos trabajar en la manera en que respondemos ante las circunstancias. Esta idea puede ser útil cuando enfrentamos un fenómeno natural.

No podemos controlar cuándo ocurrirá un terremoto, qué intensidad tendrá una tormenta o cómo evolucionará un fenómeno climático. Sin embargo, sí podemos decidir cómo prepararnos, qué información consultar, cómo actuar durante una emergencia y de qué manera cuidar nuestra salud emocional después de ella.

Aplicar esta perspectiva no significa negar el miedo o intentar mantener la calma a toda costa. Sentir miedo ante una situación de peligro es una respuesta natural. Se trata, más bien, de reconocer aquello que no podemos cambiar y dirigir nuestra atención hacia las acciones que sí están a nuestro alcance.

Por ejemplo, ante un terremoto podemos no tener control sobre el movimiento de la tierra. Pero sí podemos conocer los protocolos de seguridad, identificar zonas de menor riesgo y procurar a nuestros seres queridos.

En situaciones de incertidumbre, esta distinción puede ayudarnos a reducir la sensación de impotencia y concentrarnos en el presente. No se trata de controlar lo que sucede, sino de prepararnos para responder de la mejor manera posible ante ello.

¿Cómo cuidar nuestra salud emocional antes de un fenómeno natural?

Prepararnos para un fenómeno natural no solo implica conocer las medidas de seguridad. También podemos prepararnos emocionalmente para responder mejor ante una situación inesperada. Tener un plan puede disminuir la incertidumbre y ayudarnos a sentir que contamos con herramientas para actuar.

Algunas acciones sencillas pueden marcar una diferencia:

Infórmate sobre los riesgos de tu entorno

Conocer los fenómenos naturales que pueden ocurrir en tu región y saber cómo actuar permite reducir la incertidumbre.

Ten un plan familiar de emergencia

Reúne a tu familia o a las personas con las que vives y acuerden cómo comunicarse, dónde reunirse y qué hacer en caso de una emergencia.

Prepara una mochila de emergencia

Tener a la mano documentos, agua, alimentos, medicamentos y otros artículos necesarios puede evitar preocupaciones adicionales durante una emergencia.

Identifica fuentes oficiales de información

Durante un fenómeno natural pueden circular rumores o información falsa. Prioriza las indicaciones de las autoridades y organismos especializados.

Habla sobre tus preocupaciones

Si la posibilidad de un desastre te genera miedo o ansiedad, compartirlo con personas de confianza puede ayudarte a procesar esas emociones.

Evita vivir en estado de alerta permanente

Prepararse no significa pensar constantemente en que algo malo ocurrirá. Una vez que cuentas con un plan, continúa con tus actividades cotidianas.

La preparación puede convertirse así en una forma de recuperar parte de la sensación de control. No podemos saber exactamente cuándo ocurrirá un fenómeno natural, pero sí podemos aumentar nuestras posibilidades de responder de manera segura y mantenernos emocionalmente preparados.

Personas apoyándose emocionalmente después de un desastre natural.

¿Qué hacer emocionalmente durante un terremoto u otro fenómeno natural?

Durante una emergencia, la prioridad siempre debe ser ponerse a salvo y seguir las indicaciones de las autoridades. Sin embargo, el cómo enfrentar emocionalmente los fenómenos naturales parte de nuestra respuesta mental. Tomarlo con calma también ayuda a tomar decisiones con mayor claridad.

Si el miedo aparece, intenta concentrarte en lo que está sucediendo en ese momento y evita anticipar todos los escenarios posibles. Una respiración lenta y controlada puede ayudar a disminuir la sensación de angustia, siempre que hacerlo no interfiera con las acciones necesarias para protegerte.

También es importante recordar que las personas pueden reaccionar de diferentes maneras. Algunas pueden sentirse paralizadas, otras pueden llorar, hablar rápidamente o actuar de inmediato. Estas respuestas son comprensibles ante una situación de peligro.

Cuando sea seguro hacerlo, mantener contacto con familiares, compañeros o personas cercanas puede brindar tranquilidad. En una emergencia, el apoyo social puede ayudarnos a sentir que no estamos enfrentando la situación solos.

¿Qué hacer después de un fenómeno natural?

Cuando el fenómeno termina, es normal sentir alivio, pero también pueden aparecer otras emociones. Algunas personas pueden experimentar miedo ante la posibilidad de que vuelva a ocurrir, dificultad para dormir, irritabilidad, tristeza, sobresaltos o necesidad constante de revisar las noticias.

Después de una emergencia, es recomendable permitirnos procesar lo ocurrido sin exigirnos recuperar la normalidad inmediatamente. Cada persona tiene su propio ritmo para asimilar una experiencia difícil.

También puede ayudar:

  • Mantener horarios regulares para dormir y comer.
  • Hablar con personas de confianza sobre lo ocurrido.
  • Limitar la exposición constante a imágenes, videos y noticias sobre el desastre.
  • Evitar compartir información que no provenga de fuentes confiables.
  • Retomar poco a poco las actividades cotidianas.
  • Prestar atención a cómo evolucionan nuestras emociones.

Si el miedo, la angustia o los recuerdos de lo ocurrido persisten y comienzan a interferir con el sueño, las relaciones o las actividades diarias buscar apoyo es un paso importante.

Cuidar nuestra salud emocional después de un desastre no significa olvidar lo ocurrido. Significa darnos el espacio y las herramientas necesarias para procesarlo y recuperar poco a poco nuestra sensación de seguridad.

¿Cómo ayudar emocionalmente a alguien después de un desastre?

Después de un fenómeno natural, no todas las personas necesitan lo mismo. Algunas querrán hablar sobre lo ocurrido, mientras que otras necesitarán tiempo y espacio para procesarlo. Por eso, una de las mejores formas de ayudar es escuchar sin juzgar y evitar minimizar lo que la otra persona está sintiendo.

Frases como “ya pasó”, “no pienses en eso” o “tienes que ser fuerte” pueden parecer bien intencionadas, pero pueden hacer que la persona sienta que sus emociones no son válidas. En su lugar, podemos preguntar qué necesita, ofrecer compañía y ayudar con cuestiones prácticas cuando sea posible.

Este acompañamiento es especialmente importante cuando hablamos de niñas, niños y adolescentes. Las infancias pueden tener dificultades para expresar con palabras lo que sienten después de una emergencia y manifestarlo a través de cambios en su comportamiento. Estos pueden incluir problemas para dormir, miedo a quedarse solos o necesidad de permanecer cerca de sus cuidadores.

Familia preparándose emocionalmente ante un fenómeno natural.

¿Cómo ayudar a niños y adolescentes ante un desastre natural?

De acuerdo con UNICEF, casi la mitad de la infancia del mundo —unos 1,100 millones de niños y niñas— está actualmente expuesta a al menos tres amenazas climáticas, que ponen en riesgo su salud, su educación y su supervivencia.

Ante este panorama, cuidar la salud emocional de las nuevas generaciones también implica enseñarles, de acuerdo con su edad, qué hacer ante una emergencia. Asimismo, escuchar sus preocupaciones y brindarles espacios donde puedan sentirse seguros.

Después de un desastre, recuperar las rutinas, mantener cerca a sus personas de confianza y permitirles expresar lo que sienten puede ayudarles a procesar la experiencia.

No debemos olvidar tampoco a los adolescentes. Pueden comprender la dimensión de un desastre de manera diferente a los niños pequeños y, al mismo tiempo, experimentar preocupación por su familia, su comunidad o su futuro. Darles información clara, permitirles participar en las acciones de recuperación y tomar en serio sus emociones puede ser parte importante de su bienestar.

Acompañar a alguien después de un desastre no significa eliminar su miedo o tristeza. Significa hacerle saber que no tiene que atravesar esas emociones en soledad.

Conclusión

Los fenómenos naturales nos recuerdan que existen situaciones que están fuera de nuestro control. Un terremoto, una inundación, un huracán o un evento climático extremo pueden generar miedo e incertidumbre. Y esas emociones forman parte de nuestra respuesta humana ante una amenaza.

Aprender cómo enfrentar emocionalmente los fenómenos naturales no significa dejar de sentir miedo. Significa reconocer lo que sentimos, prepararnos antes de una emergencia, actuar de acuerdo con las medidas de seguridad y darnos tiempo para procesar lo ocurrido después.

La preparación física y la preparación emocional pueden ir de la mano. Tener un plan, informarnos mediante fuentes confiables y fortalecer nuestras redes de apoyo puede ayudarnos a enfrentar la incertidumbre con mayores herramientas.

No podemos decidir cuándo ocurrirá un fenómeno natural, pero sí podemos prepararnos para responder ante él, cuidar de nosotros mismos y acompañar a quienes nos rodean. A veces, recuperar la sensación de seguridad comienza con algo tan sencillo como saber que no estamos solos para enfrentar la adversidad.

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