Cada año, miles de aspirantes presentan el examen de admisión en la máxima casa de estudios: la UNAM. Sin embargo, en el 2026 con su primer examen en línea y la polémica que lo rodea surge una pregunta: UNAM 2026: ¿está bien hacer trampa en el examen?
Aunque la mayoría de las personas respondería que no, los casos de fraude y el uso de herramientas de inteligencia artificial demuestran que el problema sigue vigente.
La presión por ingresar a una carrera, el miedo al fracaso o la creencia de que “todos lo hacen” son algunas de las razones que llevan a ciertos aspirantes a buscar una ventaja deshonesta.
Sin embargo, la discusión no solo implica conocer las sanciones que puede imponer la universidad, sino también reflexionar sobre las consecuencias éticas de una decisión que puede marcar el inicio de la vida profesional.
En este artículo analizaremos por qué algunas personas hacen trampa, cómo la inteligencia artificial ha cambiado las formas de obtener ventaja. Y qué puede aportar el pensamiento de Nicolás Maquiavelo a un debate que sigue siendo tan actual como polémico.
¿Por qué algunas personas hacen trampa en el examen de la UNAM?
Cada año, la convocatoria de la UNAM reúne a cientos de miles de aspirantes que compiten por un número limitado de lugares.
Esta alta demanda convierte al examen de admisión en uno de los procesos más competitivos del país. Y para algunas personas, la presión por obtener un resultado favorable puede llevarlas a considerar alternativas deshonestas.
Entre las razones más comunes se encuentran el miedo a no ser admitido, las expectativas familiares, la presión social y la idea de que el futuro depende por completo de aprobar ese examen.
En ese contexto, algunas personas llegan a justificar el engaño como una forma de “luchar contra el sistema” o de compensar la falta de tiempo para prepararse. Sin detenerse a pensar en las implicaciones éticas de esa decisión.
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También influye un fenómeno conocido en psicología como normalización de la conducta.
Sobre todo, cuando circulan noticias sobre personas que hicieron trampa o cuando se percibe que otros obtienen ventajas sin enfrentar consecuencias. De esta forma es más fácil que algunos aspirantes concluyan que copiar no es tan grave o que el riesgo vale la pena.
Esta percepción puede reforzarse con el acceso a nuevas tecnologías que prometen facilitar el fraude de manera discreta.
Sin embargo, hacer trampa no solo afecta la integridad del proceso de admisión. También perjudica a quienes se prepararon de forma honesta y pone en duda la credibilidad sobre la que se sustentan las evaluaciones.
Más allá de obtener un lugar, la decisión de actuar con honestidad o recurrir al engaño representa el primer gran dilema ético al que muchos futuros profesionistas se enfrentan.

Si está mal hacer trampa, ¿por qué se sigue haciendo?
Después del examen de la UNAM 2026, algunos se preguntan: ¿está bien hacer trampa? Y si la mayoría de las personas coincide en que es incorrecto, ¿por qué sigue ocurriendo?
La respuesta no es tan simple como pensar que quienes engañan carecen de valores. En realidad, diversos estudios en psicología y ciencias del comportamiento muestran que las personas suelen justificar acciones deshonestas cuando perciben que el beneficio supera las posibles consecuencias.
Uno de los factores más influyentes es la racionalización, que consiste en crear argumentos que hacen parecer aceptable una mala conducta.
Frases como “solo será esta vez”, “todos lo hacen” o “el sistema es injusto” permiten reducir el conflicto interno y facilitan tomar una decisión que, en otras circunstancias, sería difícil de justificar.
Otro elemento importante es la percepción de impunidad. Cuando una persona cree que es poco probable ser descubierta o considera que las sanciones no serán severas, aumenta la posibilidad de que decida hacer trampa.
Este fenómeno no se limita al ámbito educativo, también se observa en otros contextos donde las reglas existen, pero su cumplimiento está en duda.
Obtener un lugar en una universidad prestigiosa puede verse como el objetivo final, dejando en segundo plano el camino recorrido para alcanzarlo.
Bajo esta lógica, algunas personas llegan a pensar que el éxito justifica cualquier medio, una idea que ha sido debatida durante siglos por filósofos, políticos y pensadores.
Sin embargo, reducir el problema a una cuestión de aprobar o reprobar un examen es pasar por alto algo más profundo.
La honestidad académica no solo protege la equidad del proceso de admisión, sino que también contribuye a formar profesionistas capaces de actuar con integridad en situaciones donde sus decisiones tendrán un impacto real en la vida de otras personas.
¿Qué diría Maquiavelo sobre hacer trampa en el examen de la UNAM?
Hablar de ética y de éxito inevitablemente lleva a uno de los filósofos políticos más debatidos de la historia: Nicolás Maquiavelo.
Su nombre suele asociarse con la idea de que “el fin justifica los medios”, aunque esta frase no aparece literalmente en ninguno de sus textos. Lo que sí plantea su obra es una reflexión sobre el papel de la eficacia y la conveniencia en la toma de decisiones de quienes ejercen el poder.
Si trasladáramos ese debate al contexto de UNAM 2026: ¿está bien hacer trampa en el examen?, podría surgir una pregunta provocadora. ¿Es válido recurrir al engaño si el objetivo es ingresar a una de las universidades más importantes del país? Desde una interpretación simplificada de Maquiavelo, algunos podrían argumentar que, si el resultado es conseguir un lugar, los medios pasan a un segundo plano.
Sin embargo, esa lectura deja fuera un aspecto fundamental de su pensamiento. Maquiavelo escribía sobre el ejercicio del poder y la estabilidad del Estado, no sobre la vida académica o la formación profesional.
Aplicar sus ideas de manera literal a un examen de admisión implica sacar sus argumentos de contexto y atribuirles un propósito que nunca tuvieron.
Además, la educación persigue un objetivo distinto al de la política.
Un examen de admisión no solo busca seleccionar a quienes obtienen un mejor desempeño. Sino garantizar que quienes ingresen cuenten con los conocimientos y habilidades necesarias para enfrentar los retos de una carrera universitaria.
Entonces, ¿el fin justifica los medios?
Obtener un lugar mediante el engaño puede ofrecer un beneficio inmediato, pero también significa iniciar la vida académica sobre una base de deshonestidad que contradice los valores que muchas instituciones buscan promover.
Más que preguntarnos si un pensador como Maquiavelo aprobaría o no hacer trampa, el verdadero cuestionamiento es otro. ¿Qué tipo de profesionista comienza a formarse cuando el primer paso para alcanzar una meta consiste en engañar?
Esta reflexión sigue estando vigente, especialmente en una época donde la tecnología ha hecho que las formas de cometer fraude sean cada vez más sofisticadas.
Porque precisamente, uno de los cambios más importantes en los últimos años ha sido la aparición de nuevas herramientas tecnológicas. Tanto para aplicar un examen de admisión como para obtener una ventaja indebida durante las evaluaciones.
Pero, ¿cómo se emplean estas tecnologías y qué riesgos implican?

La IA y su utilización en exámenes -aunque no sea ético–
La inteligencia artificial se ha convertido en una herramienta útil para estudiar, resolver dudas y reforzar el aprendizaje. Sin embargo, también ha abierto nuevas posibilidades para intentar obtener ventajas indebidas durante las evaluaciones. Esto ha generado un desafío para las instituciones educativas encargadas de garantizar procesos de admisión justos y transparentes.
Más que el uso de la tecnología, el debate gira en torno a la forma en que se emplea.
Utilizar la IA para aprender puede enriquecer la preparación de un aspirante, pero recurrir a ella para responder un examen contradice el propósito de evaluar los conocimientos y habilidades de cada persona.
Entre las prácticas que se han documentado se encuentran el uso de audífonos ocultos, relojes inteligentes y asesores que brindan respuestas a distancia. Además de software malicioso para vulnerar los sistemas de evaluación y herramientas de inteligencia artificial capaces de generar respuestas en tiempo real.
Estos casos reflejan cómo las nuevas tecnologías pueden utilizarse de manera indebida, al mismo tiempo que plantean nuevos desafíos para las instituciones encargadas de garantizar procesos de admisión justos y transparentes.
El caso de la UNAM 2026: sospechas por el uso de inteligencia artificial
Este año 2026, la UNAM realizó por primera vez en su historia su examen de admisión completamente en línea. Un cambio que representó nuevos retos para la supervisión del proceso.
De acuerdo con información publicada por Excélsior, durante la aplicación tan solo había un supervisor por cada 150 aspirantes. Una proporción que habría rebasado la capacidad de revisar oportunamente todas las alertas de actividad sospechosa generadas por la plataforma.
Asimismo, las dudas aumentaron cuando el analista Manuel Toral reportó un incremento en el promedio de aciertos en al menos 15 carreras. Un comportamiento estadístico que despertó sospechas sobre un posible uso indebido de herramientas de inteligencia artificial durante la evaluación.
A ello se suma otro dato difundido por El Financiero en que el porcentaje de aspirantes que obtuvo más de 100 aciertos pasó de 9 por ciento en 2025 a 30 por ciento en 2026. Un incremento que llamó la atención por su magnitud y alimentó el debate sobre la seguridad del nuevo modelo de examen.
Ante este panorama, la UNAM informó la creación de una comisión técnica encargada de revisar tanto el procedimiento de aplicación como los resultados del examen de admisión.
El objetivo es analizar las posibles irregularidades detectadas y, en caso de ser necesario, fortalecer las medidas de supervisión para futuras convocatorias, preservando la transparencia y la confianza en uno de los procesos de ingreso más importantes del país.
UNAM 2026: ¿Vale la pena arriesgarlo todo?
Más allá de las posibles sanciones o de la posibilidad de ser descubierto, hacer trampa en un examen de admisión implica asumir un riesgo que trasciende la evaluación.
Ingresar a una universidad mediante el engaño significa comenzar una etapa académica con una ventaja obtenida de forma deshonesta. Afectando la igualdad de oportunidades para quienes se prepararon con esfuerzo y dedicación.
El verdadero propósito de un examen de admisión no es solo asignar un lugar, sino comprobar que los aspirantes cuentan con las bases necesarias para enfrentar los retos de la educación superior.
Desde una perspectiva ética, la honestidad no depende de si alguien observa nuestras acciones o de si existe la posibilidad de recibir un castigo.
Actuar con integridad implica reconocer que los medios también importan.
Un logro obtenido mediante el engaño puede ofrecer una satisfacción momentánea, pero difícilmente representa un éxito del que una persona pueda sentirse verdaderamente orgullosa.
Conclusión
La pregunta “UNAM 2026: ¿está bien hacer trampa en el examen?” no tiene una respuesta que dependa únicamente de la tecnología, las reglas o la posibilidad de recibir un castigo.
Es, ante todo, una cuestión de ética.
La inteligencia artificial, al igual que cualquier otra herramienta, puede utilizarse para aprender y potenciar el conocimiento. Pero también para vulnerar la equidad de un proceso que busca evaluar el mérito de cada aspirante.
El caso de la UNAM 2026 ha abierto una conversación necesaria sobre los retos que enfrentan las universidades en la era digital.
Mientras las instituciones fortalecen sus mecanismos de evaluación, la decisión final sigue estando en cada aspirante.
Después de todo, el verdadero valor de ingresar a la universidad no radica únicamente en obtener un lugar, sino en saber que ese logro fue alcanzado gracias al propio esfuerzo y la preparación.

