Maltrato infantil: ¿la violencia se aprende? Esta pregunta no es retórica ni provocadora por azar; es urgente.
Según datos publicados en el último trimestre del 2025 por la UNICEF, 1.6 millones de niños en el mundo son víctimas de castigos violentos dentro de sus propios hogares.
Este espacio, que debería garantizar protección y seguridad, se ha convertido en el primer escenario de la violencia.
Hablar de maltrato infantil no implica únicamente golpes; exige analizar otras formas de violencia poco visibles o sistematizadas.
Los gritos y los castigos severos se normalizan, a tal punto, que éstos se internalizan antes de que el niño pueda reconocerlos como violencia. Y por ende, terminan heredándose de generación en generación.
Entonces, si la infancia es el espacio donde se construye el mundo, ¿puede convertirse en una etapa donde la violencia se aprende como un lenguaje común en las relaciones?
En este artículo analizaremos las diferentes formas de maltrato infantil y sus repercusiones en el desarrollo psicosocial de los niños. Y cómo esto puede dejar huellas profundas que provocan y perpetúan los ciclos de violencia.
¿Qué es el maltrato infantil?
Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), el maltrato infantil se define como todo acto que vulnere o dañe la salud e integridad de un menor de 18 años. Incluyendo maltrato físico o afectivo, abuso sexual, desatención o negligencia y explotación comercial.
En ese contexto, es muy importante saber diferenciar entre el maltrato y una medida disciplinar.
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Tan solo en México, el 63% de los 38 millones de niños y adolescentes sufren violencia como parte de “correctivos” ejercidos por sus padres. Esto, según informes de la UNICEF y la Organización Panamericana de la Salud (OPS).
Esta cifra solo representa los casos registrados, sin embargo, hay muchos otros sin documentar, pues algunas formas de violencia son, hasta ahora, socialmente aceptadas.
Violencia explícita y violencia simbólica
En el análisis de la violencia infantil, no todo el maltrato es evidente. Pierre Bourdieu, en El sentido práctico (1980), conceptualiza la violencia simbólica como aquella forma de dominación que se ejerce de manera invisible.
Es aquella que se aplica a través de normas y jerarquías que se perciben como “naturales”. En el núcleo familiar esto puede dar pie a humillaciones, descalificaciones y castigos silenciosos como “la ley del hielo”.
Normalmente ejercidos por los padres hacia los hijos como parte de esa relación jerárquica.
Estas situaciones afectan la autoestima y seguridad del niño sin dejar ninguna marca física. No hay golpes, pero sí una estructura de poder que instala vergüenza, inseguridad y sumisión como formas legítimas de relación familiar.
Por otro lado, la psicóloga polaca Alice Miller, advierte que la violencia explícita que incluye golpes, gritos e intimidación, suele acompañarse de una violencia emocional más profunda.
En su obra, El drama del niño dotado (1979), señala cómo el sufrimiento infantil se minimiza bajo la idea de que “es por su bien”, perpetuando dinámicas donde el dolor se normaliza.
Lo peligroso de esta cuestión, es que esta mecánica se transmite de generación en generación.
Así, tanto la violencia visible como la simbólica configuran una pedagogía del miedo que el niño aprende mucho antes de comprenderla del todo. Y la replica como parte de su aprendizaje.

Violencia en niños: cuando el hogar es un campo de batalla
El maltrato infantil no es un “accidente” doméstico, es un fenómeno cultural que deja huellas psicológicas profundas y ciclos de violencia difíciles de romper.
El psiquiatra Bessel van der Kolk, en El cuerpo lleva la cuenta (2014), sostiene que el trauma no es solo un recuerdo doloroso, sino una experiencia que se inscribe en el sistema nervioso y en la memoria corporal.
El niño que crece bajo amenazas, gritos o castigos físicos no solo aprende a tener miedo. Replica la violencia desde ese temor y sus efectos: la disociación y los sentimientos reprimidos que se vuelven explosivos a medida que buscan salir a flote.
Desde otra perspectiva complementaria, John Bowlby, con su teoría del apego, explica que el apego inseguro se configura cuando la figura cuidadora es ausente o atemorizante.
En estos casos, el vínculo —que en un ambiente sano debería ofrecer seguridad— se convierte en una fuente de ansiedad.
Las consecuencias no solo repercuten en la infancia, sino que a medida que crece, el niño se convierte en un adulto con dificultad para regular sus emociones.
Esto ocasiona que, durante su desarrollo, surja la imposibilidad de establecer relaciones estables. O se desarrollen conductas agresivas en un intento de adaptarse a este entorno hostil y violento.
Si la primera interacción del individuo con su familia le muestra que el afecto duele o el abandono es común, la violencia deja de ser excepción y se convierte en su lenguaje.
De niño maltratado a reo en la cárcel: El caso del podcast de Saskia Niño de Rivera
El episodio del podcast de Saskia Niño de Rivera, donde conversa con un reo que sufrió maltrato infantil, ofrece un ejemplo claro de cómo la violencia internalizada puede marcar la vida de una persona.
La experiencia del entrevistado no es un caso aislado: refleja un entramado de relaciones familiares y sociales que normalizaron la agresión desde la infancia.
Cada relato de miedo, abandono o humillación evidencia cómo la violencia se aprende y se convierte en un patrón relacional difícil de romper.
Desde la perspectiva de Michel Foucault, en Vigilar y castigar (1975), el poder se ejerce no solo mediante castigos visibles, sino a través de la normalización de conductas y la disciplina de los cuerpos.
Esto reafirma la idea de cómo la violencia aprendida funciona como un mecanismo que enseña al niño a habitar un mundo donde la agresión se naturaliza.
Este análisis se amplía cuando se considera la participación de las instituciones.
Escuelas, sistemas judiciales y servicios sociales, en muchos casos, actúan de manera parcial o tardía, sin romper los ciclos de maltrato.
La ineficacia institucional no solo deja impunes los abusos, sino que refuerza la normalización de la violencia. Transformando espacios que deberían proteger, en escenarios que la perpetúan.
El testimonio del reo ilustra cómo la violencia internalizada se entrelaza con estas fallas estructurales. Generando un ciclo que reafirma que el maltrato infantil no es un caso aislado, sino una violencia sistémica y constante.
En ese sentido vale la pena preguntarse: ¿cuánto del delito es responsabilidad individual y cuánto es resultado del abandono estructural?

¿Cómo prevenir el maltrato infantil?
Para saber cómo prevenir la violencia infantil es importante reconocer que esta puede adoptar diferentes formas y que cualquier lugar donde el niño esté presente, puede ser el escenario.
En ese sentido, prevenir el maltrato infantil debe hacerse bajo un enfoque multisectorial.
Según recomendaciones de la OMS, estos son los principales puntos a considerar:
Apoyo a padres y cuidadores
Sesiones de capacitación para una crianza afectuosa y sin violencia, impartidas en el hogar o en la comunidad por personal formado.
Formación y preparación para la vida
Incremento de matriculaciones en educación de calidad que fortalezca resiliencia y reduzca factores de riesgo.
Educación sexual
Programas de prevención de abusos sexuales que enseñen consentimiento, detección de riesgos y cómo pedir ayuda.
Ambiente escolar
Intervenciones para crear un clima escolar positivo y relaciones saludables entre estudiantes, profesorado y administración.
Modificación de normas y valores
Programas que transformen normas sociales y de género dañinas, promuevan disciplina positiva e igualdad de género, y refuercen el rol de los padres.
Aplicación y cumplimiento de la legislación
Leyes que prohíban castigos violentos y protejan a los niños de abusos y explotación sexual.
Servicios de respuesta y apoyo
Detección temprana de maltrato, atención continua a niños y familias para prevenir la repetición y mitigar consecuencias.
La herencia de la herida: ¿Es posible erradicar la violencia?
La violencia no se erradica únicamente castigando al agresor; su verdadero combate comienza al interrumpir el aprendizaje temprano del daño.
En este sentido, las cinco heridas de la infancia, propuestas por Lise Bourbeau en Las cinco heridas que impiden ser uno mismo, (2000), ofrecen un marco útil.
Rechazo, abandono, humillación, traición e injusticia. Cada una de estas heridas, deja marcas invisibles que, si no se reconocen, pueden manifestarse en posturas defensivas o conductas agresivas en la vida adulta.
Según Lise, cada una de estas heridas se acompaña de una máscara, que se refleja en patrones de comportamiento cuando el maltrato se internaliza.
Reconocer estas máscaras permite intervenir de manera preventiva.
La detección e intervención temprana no buscan sancionar al niño, sino reescribir su aprendizaje relacional lejos del miedo, la violencia y el abandono.
De esta forma, el patrón naturalizado del maltrato se rompe y se abre la puerta a la posibilidad real de romper el ciclo.
Es así, que puede sanarse la herida antes de que se convierta en agresión.
Conclusión
La pregunta que atraviesa este análisis: Maltrato infantil: ¿la violencia se aprende? no tiene una respuesta simple.
Sin embargo, hay una premisa inquietante que nos dice que aquello que se normaliza en la infancia —como la violencia y el maltrato—, se convierte en lo que rige el futuro de un adulto.
La violencia en niños rara vez es un episodio aislado; suele ser el primer eslabón de una cadena que se forja con el silencio de la víctima y la inacción de las instituciones.
En ese sentido, si se pretende erradicar la violencia no basta con ejercer un castigo o buscar a un culpable. Sino con la prevención del maltrato infantil de manera oportuna.
Si el miedo, la agresión y la violencia no se consolidan como parte de la identidad de quien la sufre, el patrón no se repetirá.
Es por esa razón que acompañar a las familias, fortalecer las instituciones y dejar de normalizar el abuso y el castigo como medida correctiva, es el primer paso para hacerlo.
Porque la infancia no solo forma individuos; forma adultos que dependiendo de su contexto y vivencias, tienen la oportunidad de elegir su propio camino lejos de la violencia.

