El noveno mes inicia así
Cada primero de septiembre, algo cambia en el ánimo colectivo de México. Las calles se visten de verde, blanco y rojo, los mercados, tiendas y escuelas, se llenan de banderitas y, casi al mismo tiempo, surge un coro de frases que se repiten como verdades absolutas: que en septiembre “siempre tiembla”, que Hidalgo gritó “¡Viva México!” la noche del 15, o que Porfirio Díaz movió la fecha del Grito por pura vanidad de cumpleañero.
A la par, en distintas regiones del país siguen vivas algunas creencias mucho más antiguas, algunas prehispánicas, otras coloniales: cruces de flores que “espantan al diablo”, fantasmas que vigilan casonas antiguas, y hasta leyendas urbanas de reciente circulación en redes sociales que intentan explicar por qué este mes concentra tantas tragedias.
Los mitos sobre septiembre en México tratan de explicar cómo la sociedad entiende su propia historia, su relación con los desastres naturales y hasta su identidad nacional.
El mito de “Septiemble”: ¿en septiembre siempre tiembla más?
La coincidencia de que los sismos de 1985, 2017 y 2022 hayan ocurrido el mismo día —el 19 de septiembre— alimentó la idea de que este mes concentra una “temporada sísmica” especial en México, al punto de que se popularizó el término burlón “Septiemble”.
Sin embargo, los registros del Servicio Sismológico Nacional (SSN), que datan de más de un siglo atrás, no muestran que este mes concentre más actividad telúrica que el resto del año.
Especialistas de la UNAM han señalado que los meses con mayor número de sismos registrados suelen ser otros, como abril o junio, y que la actividad sísmica se distribuye de forma prácticamente constante a lo largo del calendario.
La explicación real está en la interacción entre la placa de Cocos y la Placa Norteamericana, un proceso geológico que no distingue fechas ni meses: se trata de acumulación y liberación de energía en zonas de subducción, no de ciclos anuales.
La coincidencia de fechas —tres sismos importantes el mismo día, en años distintos— es estadísticamente posible sin que exista una causa común. Ni el calor, ni la humedad, ni fenómenos atmosféricos como las nubes aborregadas tienen relación con el origen de un terremoto, que ocurre a kilómetros de profundidad.
También, ligado a los sismos, una de las creencias que más fuerza tomó fue que realizar los simulacros el 19 de septiembre podría “atraer” un terremoto. No hay ninguna relación causal entre estos sucesos, o la llamada “ley de la atracción” y la generación de un sismo.
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El mito de que los animales pueden predecir un sismo
Ligado a lo anterior, existe la creencia de que el comportamiento inusual de perros, gatos y otros animales antes de un sismo funciona como sistema de alerta natural.
Especialistas en unidades caninas de búsqueda y rescate han señalado que, si bien los perros tienen una sensibilidad auditiva superior a la humana y perciben ciertas vibraciones, esa capacidad es limitada y no constituye un método confiable de predicción sísmica.

Mitos y leyendas de la Independencia
El Grito de Independencia ocurrió la misma noche en que se celebra
La tradición popular sitúa el llamado a las armas de Miguel Hidalgo la noche del 15 de septiembre, que es cuando año con año se realiza la ceremonia del Grito en el Zócalo capitalino y en plazas de todo el país.
Pero, la Historia señala que la proclamación de Hidalgo en el pueblo de Dolores en realidad ocurrió en la madrugada del 16 de septiembre de 1810. La conmemoración del 15 por la noche es, en la práctica, la fecha simbólica que todo el país reconoce, mas no coincide con el momento exacto del hecho histórico.
Porfirio Díaz movió la fecha del Grito para que coincidiera con su cumpleaños
Este es uno de los mitos más repetidos y, a la vez, uno de los mejor desmentidos por la historiografía reciente. La leyenda dice que Porfirio Díaz, cuyo cumpleaños caía justamente el 15 de septiembre, habría decidido adelantar la ceremonia oficial del Grito a esa noche por pura vanidad, para que el país festejara junto con él.
Los registros históricos muestran que esto es falso: desde la década de 1840 —más de tres décadas antes de que Díaz llegara al poder en 1876— ya se realizaban en la Ciudad de México serenatas, verbenas populares y repique de campanas la noche del 15 de septiembre, como antesala de las ceremonias oficiales del día 16.
Incluso el emperador Maximiliano de Habsburgo dio un Grito de Dolores la noche del 15 de septiembre de 1864, doce años antes de que Díaz asumiera la presidencia.
Lo que sí hizo Porfirio Díaz, en 1896, fue trasladar la campana original de Dolores desde Guanajuato hasta el Palacio Nacional e institucionalizar el ritual tal como se conoce hoy: el mandatario en turno la toca desde el balcón presidencial a las 11:00 de la noche del 15 de septiembre.
El mito de que Hidalgo tocó personalmente la campana de Dolores
La imagen: el cura Hidalgo, campana en mano, convocando al pueblo a las armas; esto se repite en libros, murales y estampas escolares, pero los historiadores coinciden en que no fue así.
No existía una cuerda lo suficientemente larga como para hacer sonar la campana desde el atrio de la parroquia, por lo que habría sido el sacristán quien subió al campanario para echarla a vuelo e Hidalgo sólo exhortaba a la gente.
¿Cuál fue la frase que gritó Hidalgo?
La frase “¡Viva México!”, tan repetida en las celebraciones actuales, no aparece documentada en las fuentes de la época; se popularizó y consolidó como cierre del Grito hasta décadas después, especialmente tras la Revolución mexicana.
Como no existió un registro documental de sus palabras exactas en el momento mismo del hecho, los historiadores han reconstruido distintas versiones de la arenga a partir de testimonios posteriores.
Entre las más citadas figuran vivas a Fernando VII, a la Virgen de Guadalupe y “muera el mal gobierno”, frases coherentes con el contexto de 1810, cuando el movimiento insurgente todavía no proclamaba abiertamente la ruptura total con la Corona española.
El mito del Pípila y la losa en solitario
La hazaña de la toma de la Alhóndiga de Granaditas en Guanajuato suele atribuirse a un solo hombre, El Pípila, quien —según la leyenda escolar— cargaba una losa de piedra para protegerse de los disparos y prender fuego a la puerta del edificio.
La versión más respaldada por los historiadores sugiere que la hazaña no fue individual: un grupo de mineros avanzó con escudos improvisados, algo físicamente más viable que la proeza solitaria que cuenta la tradición popular.
El significado “oficial” y eterno de los colores de la bandera
Cada septiembre se repite la explicación de que el verde simboliza la esperanza, el blanco la pureza y el rojo la sangre de los héroes, como si fuera un significado fijo desde el nacimiento de la bandera.
Lo que rara vez se menciona es que ese significado no es el original, y que la ley mexicana vigente sobre el Escudo, la Bandera y el Himno Nacionales no establece un simbolismo oficial para los colores.
Durante el Imperio de Iturbide, el verde representaba la independencia, el blanco la religión católica y el rojo la unión entre criollos y españoles.
Fue hasta la segunda mitad del siglo XIX, con las reformas liberales impulsadas durante los gobiernos de Benito Juárez y la separación entre Iglesia y Estado, cuando los significados se transformaron hacia la versión que hoy se enseña en las escuelas: esperanza, unidad y sangre de los héroes nacionales.
El caso especial de los Niños Héroes
El 13 de septiembre se conmemora la defensa del Castillo de Chapultepec durante la intervención estadounidense de 1847, y pocos episodios de la historia mexicana concentran tantos mitos superpuestos como éste:
- “Eran niños”. Los seis cadetes que murieron en la batalla (Juan de la Barrera, Agustín Melgar, Francisco Márquez, Fernando Montes de Oca, Vicente Suárez y Juan Escutia) eran en realidad adolescentes y jóvenes, algunos ya mayores de edad, no niños en el sentido literal.
- “Sólo seis defendieron el castillo”. La defensa del Castillo involucró a más de 200 hombres, entre soldados y cadetes, incluido el Batallón de San Blas al mando del teniente coronel Felipe Santiago Xicoténcatl. Los seis cadetes representan a quienes murieron en combate, no a la totalidad de los defensores.
- Juan Escutia y la bandera. El episodio más célebre, que Escutia se envolvió en el lábaro patrio y se lanzó al vacío para evitar que cayera en manos del ejército estadounidense, es también el más discutido.
Historiadores de la UNAM han señalado que no existen fuentes que confirmen ese salto, e incluso hay dudas documentales sobre si Escutia participó en la batalla.
Otras versiones indican que murió junto con Francisco Márquez y Fernando Montes de Oca al intentar huir hacia el jardín botánico, y que la bandera mexicana terminó siendo capturada por las tropas invasoras, no fue regresada a México sino hasta el siglo XX.
Historiadores como Alejandro Rosas han explicado que buena parte de esta narrativa se consolidó y magnificó durante el siglo XX, durante el gobierno de Miguel Alemán, en un contexto político donde convenía reforzar el relato heroico frente a una visita oficial del entonces presidente estadounidense Harry Truman.

Leyendas y creencias vivas de septiembre
No todo lo que rodea a septiembre son mitos que la ciencia o la historia han desmentido; también conserva leyendas y tradiciones populares que siguen practicándose, y que merecen distinguirse de los mitos anteriores: no pretenden ser hechos verificables, sino parte del imaginario cultural del país.
Las cruces de pericón y “el diablo anda suelto”
En estados como Morelos, Guerrero y algunas zonas de Oaxaca, la noche del 28 de septiembre —víspera del día de San Miguel Arcángel— se mantiene una tradición de raíz prehispánica y sincretismo católico.
La creencia popular dice que, mientras el arcángel celebra su día, descuida la vigilancia y el diablo queda “suelto” para hacer maldades: pudrir cosechas, arruinar los primeros elotes o meterse en las casas.
Para protegerse, las familias recolectan flores de pericón —llamadas yauhtli en náhuatl y antiguamente ofrendadas a Tláloc— que son unas flores amarillas con un olor parecido al anís, y tejen con ellas cruces que colocan en las puertas, ventanas, automóviles y milpas antes de la medianoche.
El Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) documenta esta práctica como una convergencia entre el culto prehispánico a Tláloc y la devoción católica a San Miguel Arcángel, vigente hasta hoy en comunidades del centro del país.
El fantasma de Mixcoac: la leyenda de Valentín Gómez Farías
En la colonia Mixcoac, en la Ciudad de México, se cuenta la leyenda del espíritu de Valentín Gómez Farías, político liberal y varias veces presidente interino de México durante el siglo XIX, conocido como el Padre de la Reforma por su enfrentamiento frontal con la Iglesia católica.
Al morir en 1858 en la casona donde vivía —hoy sede del Instituto Mora—, la jerarquía eclesiástica se negó a darle sepultura religiosa por sus ideas anticlericales, por lo que, según la leyenda, fue enterrado en el jardín de su propia casa sin ritual alguno.
Desde entonces, se dice que su espíritu ronda la plaza que hoy lleva su nombre, especialmente durante las noches de fiestas patrias, manifestándose como una sombra o incluso como un jilguero, su ave favorita. Aunque sus restos fueron trasladados en 1933 a la Rotonda de las Personas Ilustres, la leyenda sigue viva entre vecinos del barrio.
El “Pacto de septiembre”: un mito urbano en formación
A diferencia de los casos anteriores, existe una narrativa mucho más reciente y de menor respaldo documental que circula en redes sociales: la idea de un supuesto “pacto” prehispánico con entidades de la tierra o la lluvia que, al romperse, cobraría cada año su tributo en septiembre a través de catástrofes.
No existe evidencia histórica ni antropológica que documente semejante pacto. Es una narrativa reciente que mezcla elementos reales —el papel de Tláloc en la cosmovisión mexica, el peso simbólico de tragedias históricas ocurridas en septiembre, como la inundación de la Ciudad de México en 1629 o los sismos ya mencionados— con una lógica de leyenda urbana actual, más cerca al fenómeno la viralidad que a una tradición oral con siglos de antigüedad. Es un buen ejemplo de cómo, incluso hoy, siguen naciendo mitos nuevos alrededor de este mes.
Conclusión
Los mitos sobre septiembre en México comparten un mismo origen: la necesidad humana de encontrarle sentido y orden a los grandes acontecimientos, ya sean naturales, históricos o simplemente inexplicables.
Que “siempre tiembla” en septiembre da una falsa sensación de previsibilidad frente a un fenómeno que la ciencia todavía no puede anticipar; que el Grito, los Niños Héroes o el Pípila ocurrieron tal cual se representan cada año simplifica episodios mucho más complejos, más guiados a reconstrucciones posteriores con fines políticos.
Y, junto a todo eso, perviven leyendas y tradiciones —como las cruces de pericón o el fantasma de Mixcoac— que no buscan ser verificadas, sino formar parte del tejido cultural que el mes de septiembre renueva cada año.
Conocer la diferencia entre el mito, la leyenda y el registro histórico o científico no le resta emoción a las fiestas patrias ni a la memoria de los sismos que han marcado al país: al contrario, permite honrar ambos episodios desde la información verificada, en lugar de la repetición automática de frases hechas. Así, desde el Blog Humanitas te deseamos unas felices fiestas patrias y ¡Viva México!
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